El desvarío del presidente de Argentina: “La inflación está en la cabeza de la gente”

A pesar de los incontestables avances científicos que supuso el relanzamiento de la teoría cuantitativa del dinero bajo las tesis del monetarismo y el liderazgo académico de Milton Friedman, en ciertas filas de la izquierda se sigue insistiendo en vincular el fenómeno de la inflación a partir de las dinámicas psicológicas que estarían dominando a la población.

Una buena muestra del eco que tienen estas tesis la tenemos en las declaraciones del presidente del gobierno de Argentina, Alberto Fernández, quien esta misma semana ha defendido abiertamente que “gran parte de la inflación es auto-construida, está en la cabeza de la gente“, motivo por el cual reivindicó la importancia de “erradicar la lógica inflacionaria”.

Según explicó el líder peronista en una entrevista concedida durante su visita oficial a Brasil, “la gente ve en los periódicos que va a subir la gasolina y entonces empieza a aumentar sus precios, por las dudas (…). Lamentablemente los argentinos somos casi expertos en proyectar el futuro con la inflación y lo que tenemos que hacer es acabar con esa forma de pensar”.

Un debate ¿zanjado?

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Con la excepción de la polémica intelectual que libraron Friedrich Hayek y John Maynard Keynes, ningún otro debate económico ha tenido tanta trascendencia como el que libraron durante décadas los estadounidenses Paul Samuelson y Milton Friedman. Ambos compartían columna en la revista Newsweek y confrontaban sus puntos de vista con frecuencia semanal.

El periodista Nicholas Wapshott, columnista de Reuters y biógrafo de Margaret Thatcher, ha reconstruido la rivalidad intelectual que libraron ambos economistas en un magnífico ensayo titulado Samuelson vs Friedman (Deusto, 2022).

La obra recalca la influencia que tuvieron ambos autores en la política económica de Estados Unidos y refleja el excelente trato personal que (casi) siempre imperó entre ambos, a pesar de las diferencias ideológicas. Wapshott también arroja luz sobre las maniobras políticas de ambos, los emolumentos que percibían por su actividad como intelectuales de gran alcance público y otros asuntos que, sin duda, interesarán a los más aficionados a la economía.

Pues bien, aunque Samuelson consideraba a Friedman un libertario radical, acabó reconociendo que los monetaristas tenían razón cuando insistían en subrayar la importancia de la cantidad de dinero en circulación como factor clave para entender la evolución de los precios. El Premio Nobel que luego recibió el principal exponente de la llamada Escuela de Chicago refrendó ese consenso económico, que rescató y actualizó las teorías cuantitativas del dinero que habían alumbrado en su día los autores de la Escuela de Salamanca y que también tomaron en consideración algunos de los principales pensadores de la Escuela Austriaca.

En el campo académico siempre ha habido todo tipo de extravagancias, pero la ortodoxia económica ya no discute la importancia que tiene la consideración de la cantidad de dinero existente en una economía como factor explicativo del rumbo que siguen los precios. Podríamos decir que, en gran medida, estamos ante un debate zanjado. No obstante, las declaraciones de Alberto Fernández muestran que sigue habiendo quienes se niegan a aceptar lo evidente.

Precisamente por eso conviene tener en cuenta lo que está pasando en Argentina, donde la política del Banco Central alentada por el gobierno peronista ha triplicado la base monetaria desde que Fernández llegó a la Casa Rosada. Solo en 2022, el descontrol monetario ha supuesto un repunte interanual de la tasa de inflación del 95%.

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Si ampliamos el periodo de cálculo, podemos comprobar cómo bajó la inflación antes del mandato de Alberto Fernández, bajo gobierno de Mauricio Macri (2015-2019), coincidiendo con una relajación del ritmo de crecimiento de la masa monetaria.

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La dolarización, reto pendiente

No es este un episodio novedoso, sino más bien un problema recurrente. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX y, especialmente, desde mediados de la década de 1970, Argentina ha sufrido un acelerado empobrecimiento directamente vinculado a la inflación. Esto explica que el país haya pasado de ser uno de los más ricos de la región a presentar un franco declive en relación con sus vecinos.

Sin embargo, entre 1989 y 1999, los gobiernos de Carlos Menem pusieron en marcha diversas medidas orientadas a limitar la emisión de moneda. La Ley de Convertibilidad de 1991 estableció una relación de cambio fijo entre el austral argentino y el dólar estadounidense que permitió tumbar la inflación, reduciéndola del 3000% alcanzado en 1989 o el 2300% registrado en 1990 a niveles mucho más bajos durante el resto de la década.

De hecho, Menem quiso avanzar hacia la dolarización, consciente de que dejar la política monetaria en manos de sus sucesores podía abrir las puertas a una nueva ronda de políticas inflacionistas. Sin embargo, nunca llegó a dar el paso y las dos primeras décadas del siglo XXI han vuelto a estar marcadas por una fortísima escalada de la inflación.

En los últimos años, la idea de dolarizar la economía argentina ha vuelto a ganar popularidad. Muchas empresas y familias hacen lo que pueden para convertir sus pesos en dólares, de modo que existe un reconocimiento implícito de la superioridad de la divisa estadounidense. Sin embargo, el gobierno de Alberto Fernández no solo desoye estos consejos, sino que no deja de agravar la situación.

Así, el peronismo provoca y exacerba la inflación de cinco diversas maneras: (1) sigue aumentando el gasto, que luego paga con deuda pública que compra el Banco Central, (2) impone controles de precios, que solo agravan los desajustes de oferta y demanda, (3) limita la convertibilidad de la divisa, obligando a empresas y familias a moverse en el mercado negro, (4) controla la entrada y salida de moneda, deprimiendo la inversión y (5) conjuga todo lo anterior con un nefasto mix de políticas socialistas que solo contribuyen a acelerar el empobrecimiento de la economía nacional.

Lejos de abordar el problema, Argentina acaba de anunciar su intención de lanzar una moneda común de la mano de Brasil. Así lo avanzó el Financial Times el pasado domingo, filtrando un documento que detalla cómo ambos pondrán en marcha los trabajos con los que pretenden dar forma a la que sería la segunda unión monetaria más importante del mundo.

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