Después del 21 de enero, ¿qué?

A pesar de los esfuerzos ridículos y malvados del gobierno de Pedro Sánchez por desacreditar y minimizar el cuánto, el cómo, el por qué y el para qué de la concentración del pasado sábado, 21 de enero, en Cibeles, lo cierto es que los que estuvimos allí comprendimos, pese a los muchos pesimismos iniciales, que ese gran encuentro nacional fue más importante que la congregación de Colón por la unidad de España de casi cuatro años antes. También superó a la recoleta reunión en el mismo lugar de 2021.

Seguramente, los asistentes han sido más que los que se presentaron en Colón en las dos convocatorias previas, de las que la primera fue también muy numerosa. Pero la importancia de la concentración del pasado 21 de enero se acrecienta por algunos factores que la diferencian y la hacen mas relevante y decisiva. La “foto de Colón” en febrero de 2019 fue la foto de todos los líderes de la oposición –entonces, Albert Rivera, Santiago Abascal y Pablo Casado—, en un mismo lugar y a la misma hora y con un lema común: España unida. La siguiente reunión masiva en Colón fue bastante menos relevante a pesar de celebrarse contra los indultos del golpe de Estado en Cataluña. Ya no hubo una foto conjunta de los líderes del centro derecha sino espacios diferenciados en la concentración para que tal instantánea fuera imposible.

La unidad mostrada en 2019 por la causa política de una España unida había dado paso en 2021 a una menor afinidad entre los tres partidos, porque en las elecciones de abril de 2019, celebradas poco después de la primera foto de Colón, Ciudadanos (57 diputados) casi igualó al PP malherido por Rajoy (66 escaños) en votos. Vox se había quedado en poco más de un millón de votos y 24 asientos en el Congreso. En las elecciones de noviembre del mismo año, la situación había cambiado totalmente. Pedro Sánchez perdía casi 800.000 votos, se recomponía algo el PP hasta los 89 diputados, crecía Vox hasta los 52 escaños y se hundía Ciudadanos hasta los 10 escaños, perdiendo 2,5 millones de sufragios.

La concentración del pasado sábado no se ha celebrado sólo atendiendo al trato dado por el PSOE y Podemos a los golpistas catalanes, como las anteriores. Su convocatoria ha respondido a la repulsa general por el comportamiento del gobierno, desde la economía maltratada de los más débiles a la inmoralidad de la corrupción de sus dirigentes, desde su traición al espíritu constitucional a la paulatina imposición de una tiranocracia que gobierna por Decreto-Ley y domina el poder judicial. Es decir, se ha pasado de la repulsa hacia conductas determinadas del gobierno al rechazo global de sus actuaciones.

Por otra parte, la foto de Cibeles, que debió haber sido la tercera foto de Colón (impedida por las marrullerías administrativas del gobierno), no ha tenido, por vez primera, al líder del primer partido de la oposición, el PP, entre sus asistentes. Núñez Feijoo, como muchos de su equipo, no se presentó en una manifestación que dijo apoyar (lo que muy pocos entienden). Los populares desconfían de una calle que, en 2019, tras la primera foto de Colón, les supuso un gran disgusto electoral –de la mano de Cs, primero, y de Vox, después—, del que aún no se han repuesto salvo en las encuestas.

Pero la foto de Cibeles ha sido apoyada de hecho por un conjunto de socialistas –que se publicara un manifiesto firmado por socialistas, intelectuales y periodistas afines sólo tres días antes del acto no puede ser casual—, que han dado a entender que el voto a Sánchez puede verse duramente perjudicado incluso desde dentro.

La importancia de Cibeles ha sido que el clamor contra el gobierno social-comunista-separatista ha sido acéfalo y que, aunque Santiago Abascal e Inés Arrimadas estuvieron presentes, no parece seriamente deducible que ninguno de los tres partidos con que se identifica, más o menos, el centro derecha español, pueda usufructuar el capital político de la concentración. Al contrario, pueden haber sido cómplices de una muy peligrosa abstención en las próximas elecciones autonómicas y municipales, sólo corregible en las generales de finales de año. O no.

Cibeles ha dejado abierta la puerta de la decisión final a unos ciudadanos que saben que pueden votar a cualquiera de ellos o no votar a ninguno, hastiados por la incapacidad de formalizar entre todos una estrategia común, no sólo para acabar con la etapa social-comunista, sino para impedir la degeneración de la España democrática que estamos sufriendo aceleradamente.

Si se impone el hartazgo entrevisto en Cibeles, Pedro Sánchez tendrá una nueva oportunidad. Por ello, hay que recomendar el voto en defensa propia por cualquiera de los partidos que pueden acabar juntos con este proceso, aunque no lo merezcan. ¿Qué hacer después del 21 de enero en Cibeles? Votar masivamente en mayo contra la continuidad de Sánchez y sus socios, aunque sea con la nariz tapada. No, no será el paraíso, pero tampoco nos meteremos de cabeza en el infierno.

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